Twentieth Sunday in Ordinary Time, Year C-2016

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Fire that is all-consuming and Spirit that is life-breath

To set the earth on fire is part of Jesus’ mission. And how he wishes that it were already blazing!

Undoubtedly, Jesus’ passionate and anguished wish keeps coming to fruition. In fact, a cloud of witnesses surrounds us. They are witnesses from all walks of life, of both sexes, from past centuries as well as from our present age. All of them show all the while that they have received the baptism of the Holy Spirit and of fire.

There surely is no lack in the Church of disciples. After all, there are still those who, alive with Jesus’ Spirit and blazing with his fire, go to towns and villages to proclaim the Gospel. They insist on going to other places to preach. They even go out of their comfort zone to make Jesus known in distant and unfamiliar lands.

Modern evangelists and prophets are not few either. They author books to bring to light the wisdom hidden in Christ. With their studies, they rediscover for the Church forgotten truths. Unfortunately, as they did to prophet Jeremiah, rulers sometimes accuse them of lack of patriotism. They even run afoul of those occupying the magisterial chair.

God also continues to raise up martyrs in the Church. Martyrs today are Asia Bibi and other Pakistani Christians, and so are many others in the Middle East and other countries. They turn into sign of contradiction. In comparison to the persecution they endure, what we have to bear in secular and pluralist societies because of “Obamacare,” for instance, or because of the legalization of same-sex marriage, is insignificant.

And many of the poor today are confessors of faith, since they fit the description St. Vincent de Paul gives of the poor peasants. They believe simply (SV.EN XI:190). That is why they remain at peace during trials and tribulations (SV.EN XII: 142).

But it is not enough for us to have countless witnesses surrounding us if we do not join them.

Jesus’ wish will not reach its full realization unless we too dedicate ourselves to seeking the kingdom of God and his righteousness. We need to contribute. It is our turn to fill up in ourselves what is lacking in the afflictions of Christ by suffering for his sake and for the sake of our brothers and sisters. We have to strive to go about doing good and helping the poor in every way, no matter our age (SV.EN XI:123). It is necessary for us to imitate Jesus: crucified, he draws everyone to himself; he consumes all by letting others consume him.

To do all this, however, to overcome mediocrity, we need Jesus’ Spirit and fire.

Lord Jesus, enkindle within us the fire of love that burned in St. Vincent de Paul.


August 14, 2016

20th Sunday in O.T. (C)

Jer 38, 4-6. 8-10; Heb 12, 1-4; Lk 12, 49-53


VERSIÓN ESPAÑOLA

Fuego consumidor y Espíritu alentador

Prender fuego en el mundo forma parte de la misión de Jesús. Y, ¡cómo quisiera él que el fuego estuviera ya ardiendo!

Indudablemente, el deseo apasionado y angustioso de Jesús se va realizando. De hecho, «una nube ingente de testigos nos rodea». Son testigos de toda condición, de ambos sexos, de tanto los siglos remotos como de la edad presente, bautizados todos ellos con el Espíritu Santo y con fuego.

No, no le faltan hoy a la Iglesia discípulos. Todavía hay personas que, alentadas por el Espíritu de Jesús y abrasadas por su fuego, recorren pueblos y aldeas para anunciar el Evangelio. Insisten en ir a otros lugares a predicar. Salen incluso de su zona de confort para dar a conocer a Jesús en tierras lejanas y desconocidas.

Ni son pocos los evangelistas y profetas modernos. Éstos escriben libros para sacar a luz la sabiduría escondida en Cristo. Con sus estudios, recuperan para la Iglesia verdades olvidadas. Desafortunadamete, cuando predican, poniendo énfasis en la justicia, la misericordia y la fidelidad, se les acusa a veces, como al profeta Jeremías, de falta de patriotismo. Entran en conflicto hasta con unos ocupantes de la cátedra magisterial.

También sigue suscitando Dios en la Iglesia mártires. Se les martiriza hoy a Asia Bibi y a otros cristianos pakistaníes, y a otros tantos en el Oriente Medio y en otros países. Por su fe, se convierten en signo de contradicción, repudiados siquiera por sus propios familiares. Comparado con las persecuciones que ellos sufren, es insignificante lo que los cristianos en sociedades seculares y pluralistas soportamos debido a «Obamacare», por ejemplo, o a la legalización del matrimonio entre personas del mismo sexo.

Y son confesores de la fe muchos pobres de hoy, pues, les cabe la descripción que da san Vicente de Paúl de los pobres campesinos. Creen sencillamente (SV.ES XI:120, 462). Por eso, saben conservar la paz en medio de sus penas y calamidades.

Pero no nos basta con tener rodeándonos a innumerables testigos si no nos juntamos a ellos.

No llegará a su plenitud la realización del deseo de Jesús no sea que nos desvivamos también nosotros por buscar el reino de Dios y su justicia. Hace falta nuestra aportación. Nos toca completar en nosotros mismos los dolores de Cristo, sufriendo por su causa y por causa de nuestros hermanos y hermanas. Tenemos que esforzarnos por pasar haciendo el bien y por asistir a los pobres de todas las maneras, no importa nuestra edad (SV.ES XI:57). Nos es necesario imitar a Jesús: crucificado, atrae a todos hacia sí; consume a todos, dejándose consumir.

Para hacer todo esto, sin embargo, para superar la mediocridad, necesitamos el Espíritu y el fuego de Jesús.

Señor Jesús, suscita en nosotros el fuego de la caridad que abrasó a san Vicente de Paúl.


14 de agosto de 2016

20º Domingo de T.O. (C)

Jer 38, 4-6. 8-10; Heb 12, 1-4; Lc 12, 49-53