Twentieth Sunday in Ordinary Time, Year B-2012

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Whoever does not love remains in death (1 Jn. 3:14—NABRE)

Jesus does not back down in the face of a quarrel that arose due to something he said. He does not temper his words. He is not like a politician who, guided only by the principle of “win votes by hook or by crook,” repeatedly lies and speaks out of both sides of his mouth, just so that his hearers may hear only what they want to hear. Jesus is not now “yes” and then “no” (2 Cor. 1:18-19). He stands by his words and emphatically tells the Jews, “Unless you eat the flesh of the Son of Man and drink his blood, you do not have life within you.”

Such categorical warning is addressed to Christians too. It is not that we deny Jesus to be the word that is near us (Rom. 10:8) and instructs us [1], so that we who are lacking in understanding may have it and we who are foolish may know God’s will. Nor is it that we do not take Jesus to be the true manna that confers immortality or the fortifying rich food and choice wine at the feast provided by God for all peoples (Is. 25:6). The difficulty that gives rise to dispute has to do rather with finding the happy medium and steering clear of both extremes that disregard the close connection between the liturgy of the word and the Eucharist [2]. There is surely no lack either of Christians who tend to value preaching at the expense of the sacrament or of Christians who are inclined to focus on the sacrament that they lose sight of preaching. We argue besides about the what and the how of Jesus’ real presence in the Eucharist, some defending transubstantiation and others, another explanation.

But as critical to the building up of the Church is the making precise the doctrine on the Eucharist by way of dialectic which, though heated, seems to me to be more desirable than undesirable, still what is above all a matter of life and death is our remaining in Jesus and his remaining in us. Such shared life becomes a reality through our consumption of Jesus and our assimilation to him. That we enjoy the communion that takes us out of death to life, this we know because we love our brothers in imitation of Jesus who suffered for us, leaving us an example (1 Jn. 3:14; 1 Pt. 2:21).

Jesus was deed, laying down his life for us. He was not content with simply being word. Thus he has revealed true love to us, so that, loving not in word or speech but in truth and in deed (with the strength of our arms and the sweat of our brow, as St. Vincent de Paul puts it [3]), we may have compassion for brothers in need and be willing to lay down even our lives for them (1 Jn. 3:16-18), without failing to visit Jesus both in the sanctuary and in prison.

If we really return thus Jesus’ love with love, it means we understand well—to use St. Vincent’s words once more—the unheard-of mystery and scheme of love that the Eucharist is [4]. In this way too we show that we do not compromise on Jesus’ demands.

NOTES:

[1] Cf. Sacrosanctum Concilium 48.
[2] Ibid., 56.
[3] P. Coste XI, 40.
[4] Ibid., 146.


VERSIÓN ESPAÑOLA

20° Domingo de Tiempo Ordinario, Año B-2012

El que no ama permanece en la muerte (1 Jn 3, 14)

No se echa atrás Jesús ante una disputa provocada por un dicho suyo. No suaviza sus palabras. No es como un político que, guiado por el solo principio de ganarse votos por las buenas o por las malas, repetidamente miente y dice cosas contradictorias para que sus oyentes oigan sólo lo que les gusta oír. Jesús no es primero «sí» y luego «no». Defiende sus palabras y les asegura a los judíos: «Si no coméis la carne del Hijo del Hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros».

Tal advertencia categórica se dirige también a los cristianos. No es que negamos que Jesús es la palabra que está cerca de nosotros y nos instruye, para que los inexpertos adquiramos prudencia y los aturdidos sepamos lo que quiere Dios. Ni es que no tomamos a Jesús por el maná verdadero que confiere inmortalidad, o el manjar suculento y el vino de solera fortalecedores del festín preparado por Dios para todos los pueblos. La dificultad que da lugar a la disputa tiene que ver más bien con esto de encontrar el justo medio y evitar ambos extremos viciosos que descartan la unidad íntima entre la Liturgia de la palabra y la Eucaristía. No faltan ciertamente cristianos que tienden a valorar la predicación a costa del sacramento ni cristianos que se inclinan tanto hacia el sacramento que pierden de vista la predicación. Argüimos además sobre el qué y el cómo de la presencia real de Jesús en la Eucaristía, propugnando unos por la transubstanciación y otros, por otra explicación.

Pero tan imprescindible que es para la edificación de la Iglesia que se precise la doctrina sobre la Eucaristía por medio de la dialéctica que, aun acalorada, me parece más deseable que indeseable, lo que sobre todo es cuestión de vida o muerte es la habitación de nosotros en Jesús y de él en nosotros. Esta convivencia se realiza mediante nuestra consunción de Jesús y nuestra asimilación a él. Y que gozamos de la comunión que nos saca de la muerte a la vida, esto lo sabemos porque amamos a los hermanos a imitación de Jesús que padeció por nosotros, dejándonos un ejemplo.

Jesús fue obra, dando su vida por nosotros. No se contentó con ser simplemente palabra. Así nos ha revelado el verdadero amor para que, amando no de palabra y de boca, sino de verdad y con obras (con la fuerza de nuestros brazos y el sudor de nuestra frente, como dice san Vicente de Paúl—XI, 733), tengamos compasión de los hermanos en necesidad y estemos dispuestos a dar hasta nuestra vida por ellos, sin dejar de visitar a Jesús tanto en el sagrario como en la cárcel.

Si realmente así pagamos con amor el amor de Jesús, quiere decir esto que bien entendemos—por usar una vez más las palabras de san Vicente—el inaudito misterio y estratagema amorosa de la Eucaristía (XI, 66). De este modo mostramos también que no hacemos concesiones sobre las exigencias de Jesús.