Trinity Sunday, Year A-2014

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God of love and peace (2 Cor 13, 11)

It is not good for a human being to be alone. But since a person can end up badly accompanied, it is beneficial for us to return, at Jesus’ behest, to the original source.

At the beginning God created us male and female in his image. Although he spoke in majestic first person plural—preferred by sovereigns—as he was about to create the human being, God is nothing like the greedy worldly monarchs. His greatness, his goodness, his love, brims over and gives rise to creation which proclaims his glory.

And God so loves us that he gives his only Son for our salvation. Jesus’ death for us sinners is the best proof of God’s love. Jesus is the one who reminds us convincingly of the kindly Father and gives us experience of his centrifugal love.

Emphasizing the importance of mercy, Jesus teaches that we ought never to forget that God is first of all “merciful and gracious” even with the stiff-necked. That is why he himself is a friend to sinners and even breaks tradition to help the needy. Through his Son, “the refulgence of his glory and the very imprint of his being,” God passes before those who find favor with him, more intimately now than before.

It is enough for us who seek to be favored, then, to know Jesus in order to know the Father. We take it that there is distinction between the Father and the Son, yet on account of our monotheistic faith, we have the intuition that one is in the other, that they are one, together with the other Advocate, sent by both. Indeed, if accepting his invitation, “Come and see,” we stay with him, not only shall we hear of the Father, the Son, and the Holy Spirit, but we will also be infected with the Spirit of the Father’s overflowing love in Jesus.

To taste and see how good the Lord is: this is what is most essential and is the basis of the healing of the division among believers who fight over doctrines; here lies the secret of good company, an open secret, since it is revealed by the one who has come to serve and to give his body up and shed his blood in order to gather into one God’s scattered children; this enables us to love.

Without love, opposed to all voracious individualism and all dehumanizing collectivism, we do not know God, one and triune, model of unity, as St. Vincent de Paul did not fail to mention (Coste IV 235-236). And according to St. Leo the Great, it is especially those with loving concern for the poor who reflect God’s fatherly care.


VERSIÓN ESPAÑOLA

Santísima Trinidad A-2014

Dios del amor y de la paz (2 Cor 13, 11)

No está bien que el hombre esté solo. Pero como una persona puede acabar mal acompañada, nos conviene volver, a instancias de Jesús, a la fuente original.

Dios al principio nos creó, a su imagen, hombre y mujer. Aunque habló en primera persona plural majestuosa—preferida por los soberanos—cuando estaba por crear al hombre, Dios no es nada como los monarcas mundanos codiciosos. Su grandeza, su bondad, su amor, se desborda, dando paso a la creación que proclama su gloria.

Y Dios nos ama tanto que entrega a su Hijo único para nuestra salvación. La muerte de Jesús por nosotros pecadores es la mejor prueba del amor de Dios. Jesús es quien de manera convincente nos recuerda al Padre bondadoso y nos da experiencia de su amor centrífugo.

Resaltando la importancia de la misericordia, Jesús enseña que nunca se debe olvidar que Dios es, primero que nada, «compasivo y misericordioso», aun con los de cerviz dura. Por eso, él mismo es amigo de pecadores e incluso rompe tradiciones por asistir a los necesitados. Mediante su Hijo, «reflejo de su gloria e impronta de su ser», pasa Dios ante los que gozan de su favor, más íntimamente ahora que antes.

A los que procuramos ser favorecidos, pues, nos basta con conocer a Jesús para conocer al Padre. Suponemos que el Padre es distinto del Hijo, pero intuimos por nuestra fe monoteísta que el uno está en el otro, que son uno, junto con el otro Defensor, enviado por ambos. De verdad, si, aceptando su invitación: «Ved y lo veréis», nos quedamos con él, no solo se nos hablará del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, sino que también nos contagiaremos con el Espíritu del amor rebosante del Padre en Jesús.

Gustar y ver qué bueno es el Señor: esto es lo más esencial y la base para sanar la división entre los creyentes que se pelean por las doctrinas; aquí está el secreto de la buena compañía, un secreto conocido, ya que lo revela el que ha venido para servir y para entregar su cuerpo y derramar su sangre, para que se congreguen en uno los hijos dispersos de Dios; esto nos hace capaces de amar.

Sin el amor, opuesto a todo individualismo tragador y todo colectivismo deshumanizador, no conocemos a Dios, uno y trino, modelo de unión, como san Vicente de Paúl no omitió mencionar (IV 228-229). Y, según san León Magno, son especialmente los con solicitud misercordiosa por los pobres quienes reflejan la bondad de Dios.