Third Sunday of Advent, Year C-2015

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Rejoice in the Lord always (Phil 4, 4)

Jesus is the Good News announced by his forerunner. Do we announce what John does?

It is not himself that he preaches. He proclaims what Jesus will proclaim later: “Repent, for the kingdom of God is at hand.”

Such proclamation piques the curiosity of those who, burdened because of the unbearable Roman yoke, are filled with expectation of the liberator Messiah. They wonder if John is not the awaited One of Israel.

But the Baptist does not want people coming away with a false expectation. It would be a mistake to even compare him to the Messiah.

John is not one of those who, to promote their ambitions and get to devour others’ assets, play on people’s expectation and fears, using sometimes as a pretext touching sermons that promise cheap indulgences, fast miracles and easy money. Some, like true predators, lie in wait for those who are more vulnerable because of their delicate condition—physical, mental or emotional—similar to what afflicts those with heightened expectation who tend to see and hear what they yearn to see and hear.

The Forerunner is instead like the one who comes after him, teaching justice and mercy: “Whoever has two cloaks should share with the person who has none”; “Stop collecting more than what is prescribed”; “Do not practice extortion.” Just like Jesus, he embodies the five virtues especially dear to St. Vincent de Paul; practicing mortification to the end, he will hand over his life out of faithfulness to the Good News.

Is this how we witness to Jesus? Does not our reaction to terrorism, curling up in our secure places, walled, if possible, and closed to refugees, reveal we have not yet passed from death to life? Are we not stuck still in self-preservation instinct, living by it, not by love?

Do we not base our observance purely on the letter, forgetting that “the letter kills, but the Spirit gives life?” Just like those of the true prophets, do our denunciations come with hopeful promises of renewal? Do we always look like someone who has just come back from a funeral, like “sourpusses,” (EG 10, 85) so that we conceal the joy of the Gospel?

Do we not turn the Eucharist into an escape mechanism? Is it because the miserable so poignantly reminds us of our own precarious condition that we like to remain participating in the Mass more than “leave God for God?” But the truth is that the Eucharist is the sacrament of the one who entered into our chaos to bring us light.

Lord, grant that we be the good and hopeful news for the downcast.


VERSIÓN ESPAÑOLA

Domingo 3º de Adviento (C)

Estad siempre alegres en el Señor (Fil 4, 4)

Jesús es la Buena Noticia anunciada por su precursor. ¿Anunciamos lo que Juan?

Él no predica a sí mismo. Proclama lo que más tarde Jesús: «Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos».

Tal proclamación les da curiosidad a los que, agobiados debido al intolerable yugo romano, están en expectación del Mesías libertador. Se piensan si no será Juan el esperado de Israel.

Pero no permite el Bautista que la gente se quede con una falsa expectación. Incluso compararle con el Mesías será una equivocación.

Juan no es uno de esos que, para promover sus ambiciones y lograr devorar bienes ajenos, juegan con las expectaciones y los temores populares, a veces con pretexto de predicaciones conmovedoras que prometen indulgencias baratas, milagros rápidos y dinero fácil. Algunos, como veraderos predadores, acechan a los más vulnerables a causa de una condición delicada —física, mental o emocional— parecida a la de los con expectación intensificada que suelen ver y oír lo que anhelan ver y oír.

El Precursor es más bien como el que viene detrás de él, enseñando la justicia y la misericordia: «El que tenga dos túnicas, que se las reparta con el que no tiene»; «No exijáis más de lo establecido»; «No hagáis extorsión a nadie». Al igual que Jesús, ejemplifica las cinco virtudes muy estimadas por san Vicente de Paúl; mortificado hasta lo sumo fin, entregará su vida por su fidelidad a la Buena Noticia.

¿Es así nuestro testimonio de Jesús? ¿No manifiesta nuestra reacción al terrorismo que aún no hemos pasado de la muerte a la vida, acurrucándonos en nuestros lugares seguros, amurallados, si es posible, y cerrados a los refugiados? ¿No estamos estancandos aún en el instinto de autoconservación, viviendo de él, no del amor?

¿No basamos nuestra observancia en pura letra, olvidándonos de que «la pura letra mata y, en cambio el Espíritu da vida»? Como las de los verdaderos profetas, ¿vienen nuestras denuncias acompañadas de promesas esperanzadoras de renovación? ¿Llevamos siempre cara de funeral o de vinagre (EG 10, 85), de modo que velamos la alegría del Evangelio?

¿No convertimos la Eucaristía en mecanismo de escape? ¿Será que un desgraciado nos recuerda tan penosamente nuestra precariedad que nos gusta más seguir participando en la misa que «dejar a Dios por Dios»? Pero la verdad es que la Eucaristía es sacramento del que entró en nuestro caos para traernos claridad.

Señor, concédenos ser la noticia alegre y esperanzadora para los decaídos.