Sixth Sunday in Ordinary Time, Year B-2012

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I have become all things to all (1 Cor. 9:22—NABRE)

The one who grasped the hand of Peter’s mother-in-law now stretches out his hand to a leper. It appears Jesus does not mind becoming unclean by touching the leper (cf. Hag. 2:13).

Jesus’ tender compassion is exceedingly great and strong. It is not quenched with a healing that is without physical contact with someone who is barred from the worship and the community life of God’s people. Nor is it swept away by considerations of ritual purity. It is because the love that gives rise to such compassion is above all rules, as St. Vincent de Paul clearly grasped [1], and wants resolutely and effectively nothing less than full communion.

Indeed, Jesus, taking away our infirmities and bearing our diseases (Mt. 8:17), becomes completely one with us who are in need of salvation and liberation. He becomes like us his brothers in every way, except in sin; he sympathizes with our weaknesses and undergoes the tests to which we are subjected (Heb. 2:17; 4:15). He becomes poor to enrich us (2 Cor. 8:9). He is even made to be sin so that we may become the righteousness of God in him (2 Cor. 5:21).

And this example given by Jesus was imitated by St. Paul and, therefore, the latter had every right to give us the advice, “Be imitators of me.” In imitation of Jesus, then, we will see to it that we reach out to the needy that come to us as well as to those we can go to in some way. We will seek to be in communion with them. We will do what St. Vincent did in order to imitate the one who, without failing to respect what the book of Leviticus prescribes regarding leprosy, nevertheless rose above them and did not let himself be restricted by them.

St. Vincent did not fail to respect the norms of the Church of his time, but—as attested by his foundations—neither did he allow the norms to stifle his creativity. He was resigned to the disappearance of deaconesses in the Church, “because of some unknown design of Providence,” yet at the same time he encouraged with enthusiasm the Ladies of Charity, saying to them: “This same Providence calls some of you to provide for the needs of the sick poor in the hospital” [2]. He did not run away from the poor peasants or was he put off by their being so gross and earthy [3]. And we ought to be that ready and willing to follow Jesus, not afraid that we may be called names or we end up remaining outside in deserted places, alongside the pariahs and the marginalized of society

It was Jesus—according to the intelligent supposition of translators—who could no longer enter a town openly and it was the healed leper who went away and began to publicize the whole matter. In the Greek text, however, it is not one hundred percent clear whether it was Jesus or it was the healed leper who, “going out began to preach,” even if Jesus attributed to himself, in verse 38, the task of “preaching” and “going out” [4.] The Greek text does not make it precise either who had to stay in deserted places. But I am fine with such ambiguity; it tells me that the imitated and the imitators, the master and the disciples, the healer and the healed, the supreme judge and the least of his brothers and sisters, are in such communion that you cannot tell them apart.

To discern the body of Christ in effect means to make no distinctions (I Cor. 11:17-29; Mt. 25:31-46; Jas. 2:1-9).

NOTES:

[1] P. Coste X, 595.
[2] Ibid. XIII, 810.
[3] Ibid. XI, 32.
[4] The New Jerome Biblical Commentary (Englewood Cliffs, NJ: Prentice-Hall, Inc., 1990) 41:13.


VERSIÓN ESPAÑOLA

6° Domingo del Tiempo Ordinario, Año B-2012

Me hecho todo a todo (1 Cor. 9, 22)

Tiende ahora la mano a un leproso el que anteriormente cogió de la mano a la suegra de san Pedro. No le importa a Jesús, por lo visto, que él, por tocarle, se contamine con la inmundicia del leproso (cf. Hag. 2, 13).

La entrañable compasión de Jesús es demasiado grande y fuerte. No se sacia con curarle sin contacto físico al que, por su enfermedad, le es negado el acceso al culto y la vida comunitaria del pueblo de Dios. Ni se deja ahogar dicha compasión por consideraciones de pureza ritual. Es que el amor que da lugar a tal compasión está por encima de todas las reglas, como bien lo captó san Vicente de Paúl (IX, 1125), y desea con resuelto y eficacia nada menos que la plena comunión.

De verdad, Jesús, tomando nuestras dolencias y cargando con nuestras enfermedades (Mt. 8, 17), se une completamente a nosotros que necesitamos la salvación y la liberación. Se parece en todo a nosotros, menos en el pecado; se compadece de nuestras debilidades y se somete a las mismas pruebas a que estamos sometidos (Heb. 2, 17; 4, 15). Se hace pobre para enriquecernos (2 Cor. 8, 9). Aun se hace pecado por nosotros el que no conoce pecado para que en él seamos hechos justicia de Dios (2 Cor. 5, 21).

Y el ejemplo de Jesús fue seguido por san Pablo. Por eso, éste tenía toda la razón para exhortarnos: «Seguid mi ejemplo». A imitación de Jesús, pues, procuraremos tender la mano a los necesitados, tanto a los que se acercan a nosotros como a aquéllos a quienes podemos acercarnos de alguna forma. Buscaremos estar en comunión con ellos. Haremos lo que hizo san Vicente para imitar al que, sin dejar respetar las prescripciones levíticas sobre la lepra, se sobrepuso a ellas y no se dejó restringir por ellas.

San Vicente no dejó de respetar las normas eclesiásticas de su tiempo, pero, como sus fundaciones lo indican, tampoco permitió que su creatividad se apagara por las normas. Se resignaba a la desaparición de las diaconisas en la Iglesia, «por disposición secreta de la Providencia», al mismo tiempo que animaba con entusiasmo a las Damas de la Caridad, diciéndoles: «He aquí que esta misma Providencia se dirige actualmente a algunas de vosotras para suplir lo que se necesitaba para los pobres enfermos del hospital» (X, 953). Y lo vulgares y groseros que eran los pobres campesinos no fue motivo para que san Vicente se huyese de ellos (XI, 725). Así de listos y dispuestos estaremos a seguir el ejemplo de Jesús, sin miedo de que otros nos insulten o que acabaremos con quedarnos fuera, junto con los parias y los marginados de la sociedad.

Fue Jesús—según la suposición inteligente de los traductores—quien ya no podía entrar abiertamente en ningún pueblo y fue el sanado quien hablaba sin reserva, divulgando la palabra. En el texto griego, sin embargo, no se explicita si fue Jesús o si fue el sanado quien «saliendo comenzó a predicar», si bien Jesús se había asignado a sí mismo, en el versículo 38, las acciones de «predicar» y de «salir». Tampoco se precisa quién de los dos se vio obligado a quedarse fuera. Pero estoy bien con la ambigüedad, que ésta me da a entender que el imitado y los imitadores, el maestro y los discípulos, el sanador y los sanados, el juez supremo y sus más pequeños hermanos, se compenetran, de modo que ya no se distinguen el uno de los otros.

Discernir el cuerpo de Cristo quiere decir efectivamente no hacer distinciones (I Cor. 11, 17-29; Mt. 25, 31-46; Stgo. 2, 1-9).