Sixth Sunday in Ordinary Time, Year A-2017

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Zeal that is unflagging, consuming and consummating

Jesus, like his Father, is the source and summit of all righteousness. He fulfills the law and the prophets. And his zeal proves him in this respect.

First, his zeal for God and for the law and the prophets consumes Jesus. This zeal shows, of course, in his cleansing of the temple. But it is most evident in his fulfillment of his mission. One can sum up thus his fulfillment: “He goes around to all towns and villages, teaching in their synagogues and announcing the Gospel. He cures, besides, every disease and illness among the people.”

Secondly, Jesus reveals his zeal as he consummates his obedience. That is to say, he carries out fully his commitment to hear, keep and teach Scriptures.

With his zeal devouring him, Jesus does not settle for the minimum demands of the law. He makes sure that one fulfills to the maximum all that the Scriptures require. And what is insignificant has enormous consequence in the kingdom of God.

Hence, Jesus deems liable to judgment not only murderers but also those who are angry with their own kin. Insults, malicious speech and all alienation are equally punishable. Though they may not lead to physical death, these transgressions can still cause some form or other of death.

And one, while not in good terms with another, takes part in the liturgy, only makes loathsome his participation. He undermines the liturgy, which is the work of the community.

One shall not commit adultery. But Jesus deepens the commandment. He forbids covetous looks. He wants us to be clean of heart, incapable of reducing women to mere sexual objects.

Jesus does not find sufficient the minimum protection that the law gives to a divorced woman. It is better that a husband does not endanger the dignity of his wife. Society should give women the same respect it gives to men.

Jesus demands, too, that we neither take false oaths nor renege on our commitments. But he further expects our utterances to be guileless. And really, only those whose words give them away need to curse and swear.

Jesus ushers in the new covenant: “I will place my law within them, and write it upon their hearts.” The only thing missing for the completion of what he has ushered in is our zeal. And the truly zealous are neither lazy nor so indiscreet that they over-work. Such indiscretion “leads to discouragement, anger with those who work less, resentment, and finally apathy.”

In maximum compliance with the word of God, Jesus loved to the end. Such is the righteousness that surpasses that of the scribes and Pharisees.

Lord, grant us to proclaim your kingdom and your righteousness by the witness of our lives.

12 February 2017

6th Sunday in O.T. (A)

Sir 15, 16-21; 1 Cor 2, 6-10; Mt 5, 17-37


VERSIÓN ESPAÑOLA

Celo infatigable, consumidor y consumador

Jesús, como su Padre, es fuente y cumbre de toda justicia. Él da plenitud a la ley y los profetas. Al respecto lo acredita su celo.

En primer lugar, el celo de Dios y de la ley y los profetas consume a Jesús. Ese celo se manifiesta, desde luego, en la purificación del templo. Pero es patente sobre todo en el cumplimiento de Jesús de su misión. Así se puede resumir su cumplimiento: «Recorre todos los pueblos y aldeas, enseñando en las sinagogas y proclamando el Evangelio. Cura, además, las enfermedades y dolencias del pueblo».

En segundo lugar, Jesús revela su celo, consumando su obediencia. Es decir, lleva a cabo totalmente su dedicación a la escucha, la guarda y la enseñanza de las Escrituras.

Devorado, sí, por el celo, Jesús no se conforma con las exigencias minímas de la ley. Procura, más bien, que se cumpla con lo máximo que requieren las Escrituras. E incluso lo insignificante tiene consecuencia enorme en el reino de Dios.

Así pues, toma Jesús por dignos de ser procesados no solo los homocidas, sino también los enojados con sus hermanos. Igualmente califica de sancionables los insultos, las maledicencias y las enajenaciones. Aunque no lleven a la muerte física, tales transgresiones, sin embargo, pueden causar una u otra forma de muerte.

Y quienes, enajenados de unos hermanos, toman parte en la liturgia, a aquéllos les resulta abominable su participación. Subvierten la liturgia, la que es obra comunitaria.

No hay que cometer adulterio. Pero Jesús radicaliza el mandamiento. Prohíbe él toda mirada codiciosa. Nos quiere con corazones limpios, incapaces de reducir a la mujer a un mero objecto sexual.

No encuentra suficiente Jesús la mínima protección que la ley le aporta a la mujer repudiada. Es mejor que ningún esposo exponga a su esposa al peligro de perder su dignidad. La sociedad ha de darle a la mujer el mismo respeto que se le da al marido.

No solo exige Jesús que no juremos en falso ni renunciemos nuestros compromisos. Espera también que sean sin doblez nuestros pronunciamientos. Y realmente, solo los traicionados por sus propias palabras necesitan maldecir y jurar.

Jesús inaugura la alianza nueva: «Meteré mi ley en su pecho, la escribiré en sus corazones». Solo lo que falta para que lo inaugurado se lleve a pleno cabo es nuestro nuestro celo. Los realmente celosos no son ni perezosos ni tan indiscretos que trabajen excesivamente. Tal indiscreción lleva al desaliento, «contra los que trabajan menos, resentimiento, y finalmente apatía».

Cumpliendo a lo máximo la ley y los profetas, Jesús amó hasta el extremo. Así es la justicia que supera a la de los escribas y fariseos.

Señor, concédenos dar testimonio en nuestras vidas de tu reino y tu justicia.


12 Febrero 2017

6º Domingo de T.O. (A)

Eclo 15, 16-21; 1 Cor 2, 6-10; Mt 5, 17-37