Seventh Sunday in Ordinary Time, Year A-2017

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Peace and reconciliation at all costs

Christ is our peace. He breaks down, through his flesh, the wall of hatred that separates us from one another.

Justice and peace are what the commandment, “An eye for an eye and a tooth for a tooth,” seeks. It forbids vengeance like that of Lamech, who boasts, “I have killed a man for wounding me, a boy for bruising me.”

So then, Lamech wants to return to the neighbor more than the harm done. The Mosaic law clearly forbids such retribution. One can ask furthermore if there could even be a modicum of peace where the citizens are that vengeful. Is vengeance not likely to multiply much more and with greater violence?

Jesus seeks precisely to end the spiral of vengeance and violence. That is why he invites his disciples to the perfection of their heavenly Father. This Father “makes his sun rise on the bad and the good. And he causes rain to fall on the just and the unjust.”

Hence, we disciples ought to go beyond the retributive justice of the law. Because we are the temple of God, it is our duty to be holy. In other words, we have to go to the root of evil and pull it out with the “imbalance of love.”

We subscribe, of course, to the teachings that the first reading at the Eucharist this Sunday imparts. And we do not question the wise saying, “If you enemy is hungry, give him food” (Prov 25, 21). Nor are we ignorant of the precept that we should even rescue the ass that belongs to an enemy (Ex 23, 5). But do we not really prefer to feed on the psalms of vengeance like Psalms 58, 94, 109, 137?

And is it not due to this, to offering resistance to someone evil, that we got from bipartisanship to partisanship? From cooperation to obstruction? From respect of the truth to apathy in the face of lies? Have we really become the “‘post-truth’ generation.”

They tell us that we wage war for peace. But what kind peace has come out of the war without end in Iraq or Afghanistan? Do we not have to take more seriously the love of enemies?

In accordance, yes, with the teaching of Jesus, we will contribute to the uprooting of evil only if we do what he did. He gave his body up and shed his blood for us, for our peace. And he took as neighbor even the hated Samaritan.

And with regard to doing as Jesus, St. Vincent de Paul says that God gives greater blessings to more humble beginnings (SV.EN II:351).

Grant, Lord, that we may live in peace, not rendering evil for evil.


19 February 2017

7th Sunday in O.T. (A)

Lev 19, 1-2. 17-18; 1 Cor 3, 16-23; Mt 5, 38-48


VERSIÓN ESPAÑOLA

Paz y reconciliación a toda costa

Cristo es nuestra paz. Derriba él, mediante su sacrificio, el muro de odio que nos separa unos de otros.

Son la justicia y la paz lo que pretende el mandamiento: «Ojo por ojo, diente por diente». Prohíbe tal venganza como la de Lamec. Éste se jacta: «Por un cardenal mataré a un hombre, a un joven por una cicatriz».

Así pues, Lamec desea devolver al prójimo más de los daños recibidos. Esta clase de retribución queda claramente prohibida por la ley mosaica. Se puede preguntar además: ¿Acaso habrá siquiera un mínimo de paz allí donde así de vengativos sean los ciudadanos? ¿No se multiplicarán cada vez más y con más violencia las acciones vengativas?

Busca poner fin Jesús precisamente a la espiral de venganzas y violencias. Por eso, les llama a los discípulos a la perfección del Padre celestial. El Padre «hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos».

Por tanto, los discípulos debemos ir más allá de la justicia retributiva de la ley. Nos corresponde ser santos a los que somos templos de Dios. En otras palabras, hemos de ir a la raíz del mal y arrancarla «con el desequilibrio del amor».

Por supuesto, suscribimos las enseñanzas que nos comunica la primera lectura en la Eucaristía de este domingo. Y no cuestionamos el dicho sabio: «Si tu enemigo tiene hambre, dale de comer» (Prov 25, 21). Tampoco desconocemos el precepto de que tenemos que socorrerle incluso al asno de un enemigo (Ex 23, 5). Pero, ¿no preferimos nutrirnos de los salmos de venganza como los Salmos 58, 94, 109 y 137?

Y acaso, ¿no es por eso, por hacer frente a los que nos agravian, que llegamos del bipartidismo al partidismo? ¿De la cooperación a la obstrucción? ¿Del respeto de la verdad a la apatía ante las mentiras? ¿No nos hemos convertido ya en la generación de la «“posverdad”»?

Se nos dice que se hace la guerra para que haya paz. Pero, ¡vaya paz que ha producido la guerra sin fin en Iraq o Afganistán! ¿No nos toca tomar más en serio el amor a los enemigos?

De acuerdo, sí, con la enseñanza de Jesús, contribuiremos a que el mal se corte de raíz solo si hacemos lo que él. Entregó su cuerpo y derramó su sangre por nosotros, por nuestra paz. Y tomó por prójimo incluso al samaritano odiado.

Y referente a la imitación de Jesús, Dios, según san Vicente de Paúl, bendice mejor los comienzos más humildes (SV.ES II:263).

Concédenos, Señor, vivir en paz, sin devolver a nadie mal por mal.


19 Febrero 2017

7º Domingo de T.O. (A)

Lev 19, 1-2. 17-18; 1 Cor 3, 16-23; Mt 5, 38-48