Second Sunday of Easter, Year A-2017

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Night of peace, mission, faith and clearness

Granting us peace and entrusting us a mission, the risen Jesus makes the night shine as the day. He thus arouses faith.

As the night falls, the disciples look for safety in a house with locked doors. That is because they are afraid of fellow Jews who sought the death penalty for Jesus.

Although they already believe or understand Scripture after seeing the empty tomb, Peter and the other disciple still fear, yes. The rest do not take courage even after hearing Mary Magdalen state, “I have seen the Lord.”

Do they think they know better than to believe a woman? Or do the fishermen know themselves very well? Perhaps they dismiss Mary because they see in her account their own notorious tales about huge catches of fish. Self-distrust can easily lead us to distrust others.

In any case, the disciples want the darkness of night to hide them. They also take cover in a house with locked doors. But neither the night nor the doors stop Jesus.

And Jesus, of course, does not like the dark night to surround us. Coming out of the tomb, he bids us to come out of the tomb of indifferent self-interests. He wants to see us without burdensome remorse and crippling fear tying us down. The Risen One, yes, comes before us to raise us up.

Standing in our midst, Jesus sends the message that we have to put him in the center. That is how we show we are disciples. We should fix our gaze on him so that we may rejoice. Obviously, he reveals himself as the giver of peace, of the mission, of the life-breath from God.

And the mission of forgiveness and reconciliation implies leaving behind the false security of the night and the lock. The mission demands besides that we exchange “see” for “believe.”

That is because only God can give us the definitive security through Jesus. Unless God guard the city, in vain does the guard keep watch. Without Jesus, we can do nothing, nor will we find true security. With him strengthening us, however, we can do everything.

To leave night behind also means faith in Jesus. He came into the world as light, so that those who believe in him may not stay in the dark. Those who believe in him without seeing are happy.

Blessed, indeed, by the Father are those who recognize clearly the Son’s disfigured face in the poor (cf. SV.EN XI:26). Giving up themselves and their assets for the poor, they recall the one who gave his body up and shed his blood for us. Because they love as Jesus, they are no longer of the night; with him, they pass from death to life. And they attain the goal of their faith.

Lord, we are all children of the day. Do not let us be of the night again.


23 April 2017

2nd Sunday of Easter (A)

Acts 2, 42-47; 1 Pt 1, 3-9; Jn 20, 19-31


VERSIÓN ESPAÑOLA

Noche de paz, misión, fe y claridad

Dándonos la paz y confiándonos una misión, Jesús resucitado hace la noche clara como el día y provoca la fe.

Al caer la noche, los discípulos se asilan en una casa con las puertas cerradas. Es que tienen miedo a sus compatriotas que consiguieron que a Jesús se le impusiese la pena de muerte.

Siguen atemorizados Pedro y el otro discípulo, sí, aunque ya creen o entienden la Escritura tras ver vacío el sepulcro. No cobran valentía los demás aun luego de anunciarles María Magdalena: «He visto al Señor».

¿Acaso se toman ellos por bien listos para creer a una mujer? O, ¿sería que, se conocieran muy bien los pescadores? Quizás descartan el testimonio de María, pues reconocen en él sus propios notorios cuentos embellecidos de enormes pescas. Dudar de nosotros mismos nos lleva fácilmente a dudar de los demás.

De todos modos, desean los discípulos que los encubra la oscuridad de la noche. Y buscan protección en una casa con las puertas cerradas. Pero ni la noche ni las puertas detienen a Jesús.

Y no nos quiere envueltos, desde luego, en una noche negra. Él salió del sepuclro; nos manda ahora salir de nuestro encerramiento sepulcral en nuestros intereses egoístas e indiferentes. Nos quiere ver desatados de los remordimientos agobiantes y los temores paralizantes. El Resucitado, sí, se presenta para resucitarnos.

Poniéndose en medio, da a entender Jesús que en él tenemos que concentrarnos para que nos acreditemos discípulos. En él debemos fijarnos y así llenarnos de alegría. Obviamente, Jesús se revela además el dador de la paz, de la misión y del aliento vital de Dios.

Y la misión de perdón y reconciliación supone el abandono de la seguridad falsa de la noche y del cerrojo. La misión exige además que «ver» se cambie por «creer».

Es que solo Dios nos proporciona la seguridad definitiva mediante Jesús. Si Dios no guarda la ciudad, en vano vigilan los centinelas. Y sin Jesús no podemos hacer nada, ni encontraremos la verdadera seguridad. Confortándonos él, sin embargo, todo lo podemos.

Abandonar la noche significa también fe en Jesús. Él ha venido al mundo como luz, para que quienes crean el él no permanezcan en la oscuridad. Aquellos que creen sin ver son los dichosos.

Benditos, sí, del Padre son los que reconocen claramente el rostro desfigurado del Hijo en los pobres (cf. SV.ES XI:725). Entregando a sí mismos y sus bienes por los necesitados, hacen presente de nuevo al que entregó su cuerpo y derramó su sangre por nosotros. Porque aman como Jesús, ya no son de la noche; pasan con él de la muerte a la vida. Alcanzan así la meta de su fe.

Señor, ya todos somos hijos del día. No nos dejes volver a ser de la noche.


23 Abril 2017

2º Domingo de Pascua (A)

Hech 2, 42-47; 1 Pt 1, 3-9; Jn 20, 19-31