Second Sunday of Advent, Year C-2015

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Filled with the fruit of righteousness (Phil 1, 11)

The Word of God is not chained. No one, nothing, hinders it. It is astoundingly effective.

The word of God comes to John while the Jewish nation is under Roman domination. God interferes in our human history.

There is great lack of justice and mercy in this world. Many of those regarded here as rulers are tyrants, and they make puppets out people like them. But God does not mind putting himself in our situation.

That is because, in the first place, the Word is addressed not so much to the righteous as to sinners. It is the sick who need physicians.

In the second place, Jesus, the greatest prophet, is not afraid of those who kill the body. Like other prophets, he is strengthened by the divine instruction that he not fear the rebellious. He is, moreover, given the guarantee that the word that goes forth from God’s mouth shall not return to him void, but shall do his will and achieve his end.

The powerful in the world shall never prevail. Never mind that instead of preparing the way of the Word, they put obstacles before the Word constantly and at every turn. They are in for a rude awakening when they see that the more they disregard and trample the Word underfoot, the more resilient and fruitful the Word becomes.

That is how God acts in history, which is a secret that is revealed to the childlike. If we do not want to be awfully shocked, we will not behave like the powerful Tiberius, Pilate, Herod, Philip and Lysanias or like the wise Annas and Caiaphas, but rather like the Sinless Woman, whose lowliness pleases God.

To be like Mary means not to look for royalty in the wrong places. It is to have the awareness of St. Vincent de Paul, who time and again reminds us that the noble people in the kingdom of God the poor are the royalty, and that the glorious end is attained only through divine means (SV.FR II:325; III:170; XI:467).

An indispensable means and remedy is the Eucharist. In it, we listen to the Good Word, so that God’s will may be wholly done in our lives, our history, as in St. Vincent’s (Jacques Delarue). It also offers the nourishment that brings remedy to our imperfection and weakness, so that we may reach the desired destiny.

Lord, direct us to your Word.


VERSIÓN ESPAÑOLA

Cargados de frutos de justicia (Fil 1, 11)

La Palabra de Dios no está encadenada. No la impide nada ni nadie. Es eficaz de manera asombrosa.

Viene la palabra de Dios sobre Juan cuando está el pueblo judío bajo la dominación romana. Dios se entremete en nuestra historia humana.

En este mundo falta mucho la justicia y la misericordia. Aquí muchos de los reconocidos como jefes son tiranos, y hacen títeres de gente como ellos. Pero no le importa a Dios ponerse en nuestra situación.

Es que, en primer lugar, la Palabra no se dirige tanto a los justos cuanto a los pecadores. Son los enfermos quienes necesitan médicos.

En segundo lugar, Jesús, el profeta más grande, no tiene miedo a los que matan el cuerpo. Le fortalece, como a otros profetas, la instrucción divina de que no se acobarde él ante los rebeldes. Se le da además la garantía de que la palabra que sale de la boca de Dios no volverá a él vacía, sino que hará su voluntad y cumplirá su encargo.

No prevalecerán jamás los potentes mundanos, quienes a cada rato y paso ponen obstáculos ante la Palabra, en lugar de preparar el camino de ella. Se van a llevar una sorpresa desagradable cuando vean que tanto más la desechan y pisotean, cuanto más se recupera ella y queda fecunda.

Así actúa Dios en nuestra historia, lo que es un secreto que se revela a la gente sencilla. Si no queremos encontrarnos sobrecogidos, nos comportaremos, no como los fuertes Tiberio, Herodes, Felipe y Lisanio ni como los sabios Anás y Caifás, sino como la Inmaculada, cuya humillación agrada a Dios.

Ser como María significa no buscar la realeza en lugares equivocados. Es tener la conciencia de san Vicente de Paúl, quien nos recuerda una y otra vez que en el reino de Dios son los pobres quienes pertenecen a la realeza, y que se alcanza el fin glorioso solo por medios divinos (SV.ES II:325; III:170; XI:467).

Un medio y remedio imprescindible es la Eucaristía. En ella escuchamos la Buena Palabra, para que se haga completamente la voluntad divina en nuestra vida, nuestra historia, como en la de San Vicente (Jacques Delarue). También aporta ella el alimento que remedia nuestra imperfección y debilidad, para que lleguemos al destino deseado.

Oriéntanos, Señor, hacia tu Palabra.