Second Sunday of Advent, Year B-2011

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You will go before the Lord to prepare his ways, to give his people knowledge of salvation (Lk. 1:76-77—NABRE)

Like Jesus, St. Mark the Evangelist was focused on the kingdom of God [1]. As understood then, the kingdom of God referred to the definitive display in the end-time of the Lord’s sovereignty and its being acknowledged by all creation.

To understand the kingdom of God, according to the Gospel of Mark, one only has to look at Jesus the healer, the teacher, and the crucified-and-risen one. The good news, then, of the kingdom of God being at hand is more than just about Jesus; it is of Jesus, that is to say, it is Jesus himself. Hence, it is not so much about hearing or reading a narrative that is handed over from one generation to the next as it is about encountering Jesus personally. We believe his teachings, but above all, we believe in him.

St. Vincent de Paul got to understand this basic Marcan message. He did so, admittedly, after spending the first ten years of his priestly life seeking an “honorable retirement” that would allow him to spend the rest of his days by his mother’s side [2]. Like most of Jesus’ contemporaries from whom the messianic secret was hidden because they could not think outside the box and thought only in terms of a warrior and political messiah, St. Vincent perhaps mistook the ministry for a “respectable benefice in France” [3]. But once converted and privy to the true identity of the Messiah, St. Vincent was focused wholly on him.

The saint kept his eyes fixed on Jesus and took him as his guide and leader, and as the Rule of the Mission [4]. Christ-centered, he was able to counsel with complete naturalness: “Remember, Father, that we live in Jesus Christ by the death of Jesus Christ and that we ought to die in Jesus Christ by the life of Jesus Christ and that our life ought to be hidden in Jesus Christ and full of Jesus Christ and that in order to die like Jesus Christ it is necessary to live like Jesus Christ [5].

That was how much St. Vincent had put on Jesus Christ, after emptying himself [6]—of “his desire and ambition to acquire rental income, promotion and security” [7]. Having come to consider himself to be the poorest of the poor, he could not but welcome joyfully the good news of the kingdom of God and announce it to the rest of the poor [8].

And thus comforted by the Gospel of Jesus Christ, the Son of God, and comforters we ought to be as members of the Vincentian Family. Poor that we are, we will prepare the way of the Lord by assisting the rest of the poor and having them assisted in every way, evangelizing them, comforting them, and providing for their spiritual and temporal needs [9].

But, of course, we are not going to refrain from doing for the poor more than what plenty of people already do [10]. We do not want the poor to be disappointed at finding out that the comfort or liberation they have just been given falls short of the promise of salvation that, according to our faith, the Lord does not delay to fulfill. We must not allow human institutions, no matter how Christian we may consider them, to conceal, rather than reveal, the authentic face of the kingdom of God [11].

Indeed, it is not enough for any poor person to seek only the food that sooner or later perishes (Jn. 6:27).

NOTES:

[1] The New Jerome Biblical Commentary (Englewood Cliffs, NJ: Prentice-Hall Inc., 1990) 41:4.
[2] P. Coste I, 18.
[3] Ibid., 15.
[4] P. Coste XI, 53; XII, 130.
[5] P. Coste I, 295; cf. Robert P. Maloney, C.M., The Way of Vincent de Paul (Brooklyn, NY: New City Press, 1992) 21.
[6] P. Coste XI, 343-344.
[7] Jaime Corera, C.M., Vida del Señor Vicente (http://via.library.depaul.edu/cgi/viewcontent.cgi?article=1000&context=corera [accessed on December 1, 2011]) 20.
[8] Hugh F. O’Donnell, C.M., “Vincent de Paul: His Life and Way,” Vincent de Paul and Louise de Marillac: Rules, Conferences, and Writings, ed. Frances Ryan, D.C., and John E. Rybolt, C.M. (Mahwah, NJ: Paulist Press, 1995) 17-18.
[9] P. Coste XII, 87.
[10] P. Coste X, 333-334.
[12] Cf. Gaudium et Spes 19.


VERSIÓN ESPAÑOLA

2° Domingo de Adviento, Año B-2011

Irás delante del Señor a preparar sus caminos, anunciando a su pueblo la salvación (Lc. 1, 76-77)

Como Jesús, el evangelista san Marcos se enfocó en el reino de Dios. Tal como se entendía en aquellos tiempos, dicho reino se refería a la manifestación definitiva en el fin del tiempo de la soberanía de Dios acatada por toda la creación.

El reino de Dios se comprende, según el evangelio de san Marcos, por aquellos que fijan la mirada en Jesús, el sanador, el maestro, el crucificado-resucitado. La buena noticia, pues, de la cercanía inminente del reino es más que sobre Jesús; es de Jesús, es Jesús mismo. Por eso, no se trata tanto de oír o leer una narración que se pasa de una generación a otra como de encontrarle personalmente a Jesús. Los cristianos creemos sus enseñanzas, pero sobre todo, creemos en él.

San Vicente de Paúl llegó a comprender este mensaje fundamental de san Marcos. Lo hizo, concedido, después de haber pasado sus primeros diez años de presbítero en busca de «un honesto retiro» que le permitiera emplear el resto de sus días junto a su madre (I, 88-89). Como la mayoría de los contemporáneos de Jesús a quienes se les debía ocultar el secreto mesiánico porque no podían pensar fuera del molde tradicional, pensando en nada más que un mesías guerrero y político, Mosén Vicente quizás confundía durante diez años el ministerio con un «decoroso beneficio en Francia» (I, 86). Pero una vez convertido y enterado ya de la verdadera identidad del Mesías, san Vicente se enfocó por completo en él.

El santo fijó la mirada en Jesús y lo tomó por guía e iniciador, y por regla de la Misión (XI, 429, 468). Centrado en Jesucristo, pudo aconsejar con toda naturalidad: «Acuérdese, Padre, de que vivimos en Jesucristo por la muerte de Jesucristo, y que hemos de morir en Jesucristo por la vida de Jesucristo, y que nuestra vida tiene que estar oculta en Jesucristo y llena de Jesucristo, y que, para morir como Jesucristo, hay que vivir como Jesucristo» (I, 320).

Así de revestido de Jesucristo se manifestó san Vicente, después de haberse vaciado de sí mismo (cf. XI, 236)—de sus «deseos y ambiciones de rentas, ascensos y seguridades», por usar una vez más una frase del Padre Jaime Corera. Habiéndose considerado como el más pobre de todos, no pudo menos que dar acogida alegre a la buena noticia del reino de Dios y anunciar la misma a los demás pobres.

Y así de consolados por el Evangelio de Jesucrito, el Hijo de Dios, y así de consoladores debemos ser los que nos consideramos miembros de la familia vicenciana. Los pobres prepararemos el camino del Señor por medio de asistir a los demás pobres y hacer que se les asista de todas las maneras, evangelizándoles, cuidándolos, remediando sus necesidades espirituales y temporales (XI, 393).

Pero, por supuesto, no vamos a dejar de hacer para con los pobres más de lo que otras tantas personas hacen (IX, 917). No queremos que los pobres se decepcionen al darse cuenta quizás de que el consuelo o la liberación que se les acaba de dar no corresponde a la promesa de salvación que el Señor, según nuestra fe, no tarda en cumplir. No se debe permitir que establecimientos humanos, por cristianos que los consideremos, velen, en lugar de revelar, el genuino rostro del reino de Dios.

De verdad, a ningún pobre le bastará con buscar la comida que tarde o temprano se echa a perder (Jn. 6, 27).