Second Sunday in Ordinary Time, Year B-2012

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Master, I want to see (Mk. 10:51—NABRE)

A popular warning says: “Be careful what you ask for, you just might get it.”

It is granted to the apostle Andrew and to another disciple of St. John the Baptist to go and see where Jesus stays. But it can be assumed, I think—on the basis of St. John the Evangelist’s use of the literary device of letting Jesus lead those who need to learn from the darkness of ignorance or lack of understanding (characteristic apparently of the times of the priest Eli—1 Sam. 3:1-2) to the light of revelation or true teaching—that the two do not understand fully either the meaning or the implication of both the question, “Rabbi, where are you staying?” and the invitation, “Come, and you will see.” The question as well as the answer supposes tough demands that one hardly thinks about. Had one known them, one would perhaps not dare make the question or accept the invitation. One might have the kind of feeling St. Vincent de Paul expressed when he said: “Had I known what it was when I had the temerity to enter it, as I have since realized, I would have preferred tilling the soil to committing myself to such a formidable state of life” [1].

Even when the curious ones may not be discouraged by such question that can easily be seen to be off-putting as, “What are you looking for?” [2], it will not come to them as a little surprise to know that, in order to see where Jesus is staying, it will not be enough that they see with their eyes or hear with their ears; they will need to stay with him. There, with the Teacher, there is more than meets the eye or enters the ear. What is important is not audible to the ear and “what is essential is invisible to the eye,” as Antoine de Saint-Exupéry puts it [3], so that one has to exert much effort to see and hear with the heart. One will have to spend long hours with the Teacher and allow oneself to be tamed by him. One needs to sleep in the temple of the Lord, while God’s lamp is not yet extinguished, and get used to the Lord’s call. One must see to it that one’s whole self—soul, spirit, body, mind, heart—is for the Lord. All of this, of course, is no easy task.

But all the work is not for naught. It will be granted to those who persevere in staying with Jesus to see God in accordance with the teaching: “No one has ever seen God; the only Son, God, who is at the Father’s side, has revealed him” (Jn. 1:18). What a revelation! And let not this be characterized as something abstract and unattainable, for it is likewise taught: “No one has ever seen God; yet, if we love one another, God remains in us, and his love is brought to perfection in us” (1 Jn. 4:12). Indeed, we have to admit, as St. Augustine of Hippo reminds us, that the time has not yet come for us to partake of our Father’s eschatological banquet [4]. But the same saint exhorts us to “contemplate the manger of Jesus Christ our Lord” in the meantime.

And if we really keep our eyes fixed on the one lying in the manger, the same one who offers himself as food and communion, and becomes thereby like the poor people the evildoers devour as they devour bread (Ps. 53:5), we will undoubtedly get to live up to the formidable demands of Christian discipleship.

NOTES:

[1] Cf. P. Coste V, 568.
[2] Cf. http://www.biblegateway.com/resources/commentaries/IVP-NT/John/Preparation-Made-Revelation (accessed January 8, 2012).
[3] The Little Prince (New York, NY: Harcourt Brace & Co.; A Harvest Book, 1971) 87-88.
[4] Cf. the non-biblical reading, Office of Readings, Liturgy of the Hours, for Thursday—from January 2 to Epiphany.


VERSIÓN ESPAÑOLA

Domingo 2° del Tiempo Ordinario, Año B-2012

Maestro, que pueda yo ver (Mc. 10, 51)

Una advertencia popular dice así: «Ten cuidado con lo que pides no sea que se te conceda».

Se les concede al apóstol san Andrés y al otro discípulo de san Juan Bautista ir y ver dónde vive Jesús. Pero creo que se puede asumir—a base del recurso literario de san Juan Evangelista de hacer que el Maestro lleve a los que necesitan aprender desde la oscuridad de la ignorancia o la falta de comprensión (característica, por lo visto, de los tiempos del sacerdote Elí—1 Sam. 3, 1-2) hacia la luz de la revelación o la verdadera enseñanza—que los dos no comprenden plenamente ni el significado ni la implicación de tanto la pregunta de «Rabí, ¿dónde vives?» como la invitación de «Venid y lo veréis». La pregunta y la respuesta suponen exigencias duras en que uno apenas piensa. Si uno las supiera, uno a lo mejor no se atrevería ni a hacer la pregunta ni a aceptar la invitación. Tendría uno algo como el sentimiento que san Vicente de Paúl manifestó cuando dijo: «Si hubiera sabido lo que era, cuando tuve la temeridad de entrar en este estado, como lo supe más tarde, hubiera preferido quedarme a labrar la tierra antes que comprometerme en un estado tan tremendo» (V, 540).

Aun cuando los curiosos no se dejan desanimar por algo que tan fácilmente se puede tomar por repelente como la pregunta: «¿Qué buscáis?»,les será no poca sorpresa saber que para ver dónde se hospeda el Maestro, no les bastará con ver con los ojos ni con oír con los oídos, sino que tendrán que hospedarse con él. Allí, con el Maestro, hay más de lo que se ve y se oye. Lo importante es inaudible a los oídos y «lo esencial es invisible a los ojos», como lo expresa Antoine de Saint-Exupéry, de modo que le convendrá a uno hacer mucho esfuerzo para que vea y oiga con el corazón. A uno se le requerirá pasar largas horas con el Maestro y dejarse domar por él. Uno tiene que acostarse en el templo, con la lámpara de Dios todavía encendida, y acostumbrarse al llamamiento del Señor. Uno ha de procurar que todo su ser—alma, espíritu, cuerpo, mente y corazón—sea para el Señor. Todo esto, claro, cuesta no poco trabajo.

Pero no se trabaja en vano. A cuantos perseveren en permanecer con Jesús se les concederá ver a Dios de acuerdo con la enseñanza: «A Dios nadie lo ha visto jamás; el Hijo único, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer» (Jn. 1, 18). ¡Qué revelación! Y que no se califique ésta como algo abstracto e inalcanzable, si bien es exigente también, porque asimismo se enseña: «A Dios nadie lo ha visto nunca, pero si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros y su amor ha llegado en nosotros a su plenitud» (1 Jn. 4, 12). Sí tenemos que admitir que no nos ha llegado todavía, como dice san Agustín de Hipona, el momento de participar en el banquete escatológico de nuestro Padre. Pero dicho santo también nos exhorta a contemplar mientras tanto el pesebre de nuestro Señor Jesucristo.

Y si realmente fijamos la mirada en el que está acostado en el pesebre, el mismo que se ofrece a sí mismo como comida y comunión, y así se asemeja a la gente pobre devorada como pan por los malhechores (Sal. 52, 4), sin ninguna duda, lograremos sí, como san Vicente, vivir de acuerdo con las exigencias tremendas del discipulado cristiano.