Palm Sunday, Year B-2015

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He humbled himself, becoming obedient to death (Phil 2, 8)

Jesus does not come down from the cross to save himself. He thus opens for us the way of salvation.

The specter of death hovering around him, Jesus turns to his Father. He humbly pleads: “All things are possible to you. Take this cup from me.”

But notwithstanding his feelings of being troubled, distressed and abandoned, Jesus does not turn back. He does not put ahead what he wants. He has come to be God’s suffering Servant, obedient to death.

Jesus speaks and acts, therefore, according to the directions he, as a novice, receives from his director, who grants him a comforting tongue and attentive ears. Trusting in his Father, the Son scales the wall of suffering. Through suffering, the Servant learns consummate obedience. He thus becomes “the source of eternal salvation for all who obey him.”

Jesus crucified embodies the Good News that salvation is attained only by those who give themselves to God and to others. Through his death, prefigured sacramentally in the breaking of the bread and the sharing of the cup, Jesus is proven the poorest of all, and must be recognized so, in order that he may be given due respect and help even at the cost of everything that one possesses.

The model Jesus gives us to follow makes clear that salvation lies in spending and being utterly spent for the sake of God and others. As their reactions show, however, the disciples do not find easy to understand and practice either the Master’s teaching or example: Peter rebukes him and later denies him; they keep discussing who is the greatest; James and John ask him for the best positions; one betrays him and all abandon him. Only after the resurrection will they understand—according to John’s Gospel—even their participation in Jesus’ entry into Jerusalem.

But if we Christians understand and imitate our Lord, we shall be freed from the prison of our self-interests, from the clutches of destructive selfishness, from the tyranny of greed. Moreover, just like the woman with an alabaster jar of very expensive perfume, we will become part of evangelization, not of “disevangelization,” of the solution, not of the problem.

We the Church are not going to elicit such admiration and faith as shown by the centurion who confessed, “Truly this man was the Son of God!” unless we are servants, “living and dying in the service of the poor, within the arms of Providence and in real renunciation of ourselves to follow Jesus Christ” (St. Vincent de Paul—FrIII:392).

Oh God, forgive our death-bearing selfishness and let us find life by loving you and our neighbor.


VERSIÓN ESPAÑOLA

Domingo de Ramos B-2015

Se rebajó hasta someterse incluso a la muerte (Fil 2, 8)

Jesús no baja de la cruz para salvarse. Así él nos abre el camino de salvación.

Amagándole el espectro de la muerte, Jesús recurre a su Padre. Suplica humildemente: «Tú lo puedes todo, aparta de mi ese cáliz».

Pero no obstante los sentimientos de terror, angustia y abandono, Jesús no se echa atrás. No pone adelante lo que quiere. Ha venido a ser el Siervo sufriente y obediente hasta la muerte.

Jesús habla y actúa, pues, conforme a las instrucciones que, como novicio, recibe del director, quien le da una lengua alentadora y oídos atentos. Fiado en su Padre, el Hijo asalta la muralla de sufrimientos. Sufriendo, el Siervo aprende obediencia consumada. Así se convierte «para todos los que le obedecen en autor de la salvación eterna».

Jesús crucificado personifica la Buena Noticia de que la salvación solo la alcanzan quienes se entregan a Dios y a los demás. Por su muerte, prefigurada sacramentalmente en la fracción del pan y la compartición de la copa, Cristo se constituye el más pobre de todos, y así se le ha de reconocer, para que a él se le den debidamente respeto y ayuda a costa incluso de todas las posesiones de uno.

El ejemplo que da Jesús deja claro que la salvación está en gastar y desgastarse por Dios y los demás. Pero los discípulos, como sus reacciones lo indican, no encuentran tan fácil de entender y practicar la enseñanza ni el ejemplo del Maestro: Pedro le increpa y lo niega luego; van discutiendo quién es el más importante; Santiago y Juan piden que él les dé los mejores puestos; uno le traiciona y todos le abandonan. Solo después de la resurrección entenderán incluso su participación—según el evangelista Juan—en la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén.

Pero si los cristianos entendemos y hacemos lo que nuestro Señor, quedaremos liberados de la cárcel de nuestros intereses, de las garras del egoísmo destrozador, de la tiranía de la codicia. Seremos, además, al igual que aquella mujer con un frasco de perfume muy caro, parte de la evangelización, no de la «desevangelización», de la solución, no del problema.

La Iglesia no provocaremos tales admiración y fe como las demostradas por el centurión que confesó: «Realmente este hombre era Hijo de Dios», a no ser que seamos siervos, «viviendo y muriendo en el servicio de los pobres, en los brazos de la Providencia y en una renuncia actual a nosotros mismos, para seguir a Jesucristo» (san Vicente de Paúl—EsIII:359).

Oh Dios, perdona nuestro egoísmo mortífero y déjanos hallar la vida, amando a tí y al prójimo.