Fourth Sunday in Ordinary Time, Year C-2016

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Prophet also means rejected

Jesus states he is a prophet with the same destiny as the other prophets rejected by their own people.

He explains that he is God’s good and amazing Word to the poor. And right away he is revealed as a prophet.

That is because, notwithstanding their initial expression of approval and admiration, Jesus’ townsfolks end up running him out of town. They cannot bear him because he gives witness to the truth.

Those who cannot accept the reality that God has raised up for them a prophet from among their kinsmen reject Jesus. Those who, expecting little from themselves, consider it impossible for a local citizen to have a prophet’s calling resist him.

They persecute Jesus, those who do not like to face the painful truth that he lays before them, quoting them the saying, “Physician, heal yourself,” and warning them, “Amen, I say to you, no prophet is accepted in his own native place.” And so, the evangelist Luke recounts: “When the people in the synagogue heard this, they were all filled with fury. They rose up, drove him out of the town, and led him to the brow of the hill …, to hurl him down headlong.”

Indeed, the prophet who is not bought, who is faithful to the truth, “is a delinquent where lies reign.” The children of lies put a price on his head. Are we not numbered among them?

Does our admiration for Jesus translate into discipleship? Do we not lack the wisdom and grace that fit our age, so that we still remain in darkness of falsehood?

Do we really learn from the mistakes of the past? Or are we like Jesus’ ill-intentioned townsfolks who fiercely oppose him even as they protest perhaps, “If we had lived in the days of our ancestors we would not have joined them in shedding the prophets’ blood.” Do we not condemn Church members with “strange” and “unorthodox” ideas only to rehabilitate them later with the title of cardinal and venerate them as prophets deserving of magnificent monuments?

Do we learn from St. Vincent de Paul? His experience proves and teaches that we will never emerge from darkness into the light of truth unless we confess ourselves absolutely poor and inadequate before God and embrace those who are like us, without attempting to run away from them.

Indeed, those who love their brothers and sisters, as spelled out in 1 Cor 13, 4-7, remain in the light. Rightly does the Eucharist forbid us to let those with nothing to go hungry.

Lord Jesus, give us your Spirit to guide us to all truth.


January 31, 2016

4th Sunday in O.T. (C)

Jer 1, 4-5. 17-19; 1 Cor 12, 12-31 – 13, 13; Lk 4, 21-30


VERSIÓN ESPAÑOLA

Profeta también significa rechazado

Jesús se declara profeta con el mismo destino que los demás profetas rechazados por su propia gente.

Expone que él es la buena y maravillosa Palabra de Dios para los pobres. Y enseguida queda revelado también como profeta.

Es que, no obstante su expresión inicial de aprobación y admiración, los conciudadanos de Jesús terminan corriéndolo del pueblo. No lo pueden soportar porque él da testimonio de la verdad.

Rechazan a Jesús los que no pueden aceptar la realidad de que Dios ha suscitado de entre ellos mismos un profeta. Se resisten a él los que, esperando poco de sí mismos, consideran imposible que uno de ellos tenga la vocación profética.

Persiguen a Jesús los que no quieren afrontar la verdad dolorosa que él les echa en cara, citándoles el refrán: «Médico, cúrate a ti mismo», y advirtiéndoles: «Os aseguro que ningún profeta es bien mirado en su tierra». Así narra, pues, el evangelista Lucas: «Al oír esto, todos en la sinagoga se pusieron furiosos y, levantándose, lo empujaron fuera del pueblo hasta un barranco del monte …, con intención de despeñarlo».

Sí, el profeta que no se vende, que es fiel a la verdad, «es un delincuente donde impera la mentira». Los hijos de la mentira ponen precio a su cabeza. ¿No nos contamos nosotros entre ellos?

¿Acaso no queda sin traducirse en el discipulado la admiración que le tenemos a Jesús? ¿No carecemos de la sabiduría y la gracia correspondientes a nuestra edad, de modo que permanezcamos aún en las tinieblas de la falsedad?

¿Aprendemos realmente de los errores del pasado? ¿O somos nosotros como los mal intencionados paisanos de Jesús que se oponen ferozmente a él aun cuando protestan quizás: «Si hubiéramos vivido en tiempo de nuestros antepasados, no habríamos participado en el asesinato de los profetas»? ¿No se les condena a miembros de la Iglesia con ideas «extrañas» y «poco ortodoxas» solo para ser rehabilitados luego con el título de cardenal y venerados como profetas dignos de monumentos magnificentes?

¿Aprendemos de san Vicente de Paúl? Su experiencia comprueba y enseña que jamás emergeremos de la oscuridad a la luz de la verdad no sea que nos confesemos absolutamente pobres e inadecuados ante Dios y abracemos a nuestros semejantes, sin tratar de huir de ellos.

De verdad, quienes aman a sus hermanos y hermanas, según las especificaciones en 1 Cor 13, 4-7, permanecen en la luz. Con razón, nos prohíbe la Eucaristía dejar pasar hambre a los sin nada.

Señor Jesús, danos tu Espíritu que nos guíe hasta la verdad plena.


31 de enero de 2016

4º Domingo de T.O. (C)

Jer 1, 4-5. 17-19; 1 Cor 12, 12-31 – 13, 13; Lc 4, 21-30