Fourteenth Sunday in Ordinary Time, Year B-2012

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The Son of Man has nowhere to rest his head (Lk.9:58—NABRE)

The Word came to what was his own, but his own people did not accept him (Jn. 1:11). If Jesus comes to his Church, would we Christians accept him?

I am sure we will not try to hinder him. We will not do as did his relatives who thought he was out of his mind (Mk. 3:21).

Neither will we join those who take someone to be an expert only if one does not hail from the same place as theirs, and the further away one is from, the more expertise one is accorded. We will not play the crabs in a bucket either, who pull each other down, so that no one is able to escape.

Nor will we allow familiarity to make us take offense. In the first place, we can be questioned as to whether we know Jesus thoroughly. In the second place, we are made to understand that to know Jesus well cannot possibly result in rejection of him (1 Cor. 2:8-10).

Not to accept Jesus is born rather out of lack of knowledge. It is essential, therefore, that we have intimacy with Jesus, knowing him as best as God’s grace allows and making sure that his words remain in us (Jn. 15:7).

This underscores the importance of preaching and catechesis in the Church as well as the need it has, as a great harvest—says St. Vincent de Paul—of laborers who really work, who instruct the poor, loving God with the strength of their arms and the sweat of their brow, and who feel bad that they cannot evangelize the great number of poor people in so many other villages that are waiting for the mission to be preached to them, and who do not consider old age to be an excuse not to work for the salvation of the poor people [1].

We also need to embrace sound doctrine and not the novelties and myths our ears are itching to hear (2 Tim. 4:2-4). That is why we respect the charism of infallibility that is individually present in the Roman Pontiff, and which the college of bishops also enjoys [2]—albeit that some critics speak of “creeping infallibility” that overreaches and is made to apply even to legitimately debatable issues [3].

But above all, to know Jesus and to savor his words, every Christian has to go or return personally to the Sacred Scriptures, to the Gospels especially, for, as St. Jerome warns, ignorance of Scriptures is ignorance of Christ. We shall let ourselves be carried away at the same time by the Holy Spirit, so that he may teach us all things and remind us of all that Jesus has said and guide us to all truth, including the truth that is difficult swallow (Jn. 14:26; 16:12-13). We will bear the hard truth, admitting humbly that there is always something that is lacking in us, even in those who have been favored with great revelations, so we are kept from being too elated.

And one thing that the humble will note as they go back to the primary source that the Scriptures are is that Jesus, just like the prophets who were his precursors, dissented from the dogma and praxis of the religious establishment, which led to his being rejected and crucified outside the gate (Heb. 13:12). This dissent is remembered in the Eucharist. As we recall that our Lord was a dissenter, doesn’t it behoove us not to vex or oppress dissenters? Those forced out of their homes and live on the margins of society, it is not at all impossible that these possess the truth and preserve the true religion and have an unbreakable strength (cf. Acts 5:34-39) [4]. Had St. Paul not opposed St. Peter to his face (Gal. 2:11), what would have happened to the Church?

NOTES:

[1] P. Coste XI, 40, 136, 445.
[2] Lumen Gentium 25.
[3] Cf. http://ncronline.org/news/vatican/long-simmering-tension-over-creeping-infallibility (accessed June 30, 2012).
[4] P. Coste XI, 200-201; XII, 171.


VERSIÓN ESPAÑOLA

14° Domingo de Tiempo Ordinario, Año B-2012

El Hijo del Hombre no tiene dónde reclinar la cabeza (Lc 9, 58)

La Palabra vino a su casa, y los suyos no la recibieron. Si viene Jesús a su Iglesia, ¿los cristianos le recibiríamos?

Estoy seguro de que no trataremos de impedirle a Jesús. No actuaremos como su familia que vinieron a llevárselo por creer que no estaba en sus cabales.

Ni nos juntaremos con aquellos que toman por perito sólo a uno que no viene del mismo lugar de ellos, y cuanto más lejos el lugar de origen de uno, más pericia se le atribuye. Tampoco haremos de cangrejos en un cubo que se tiran unos de otros hacia abajo, así que ninguno logra escaparse.

Ni permitiremos que la familiaridad engendre la desconfianza. En primer lugar, se nos puede cuestionar si a fondo conocemos a Jesús. En segundo lugar, se nos indica que conocer bien a Jesús no puede resultar en el rechazo de él.

No aceptarle a Jesús nace más bien sí de la falta de conocimiento. Es por eso que es esencial que tengamos intimidad con Jesús, conociéndole lo mejor que la gracia de Dios permita, y procurando que sus palabras permanezcan en nosotros.

Esto subraya tanto la importancia de la predicación y la catequesis en la Iglesia como la necesidad que ella tiene, como una gran mies, —dice san Vicente de Paúl—, de obreros que trabajen, que instruyan a los pobres, amando a Dios a costa de sus brazos y con el sudor de su frente, y se sientan mal por no poder evangelizar a otros tantos pobres en otras muchas aldeas en espera de la misión, y no consideren la avanzada edad como excusa para no trabajar por la salvación de las pobres gentes (XI, 57, 317, 733-734).

Necesitamos asimismo abrazar la sana doctrina y no las novelerías y los mitos que nuestros oídos están desesperados por oír. Por eso, respetamos el carisma de infalibilidad que reside singularmente en el Romano Pontífice y del que gozan también el Colegio episcopal—si bien, según unos críticos, la apelación a la infalibilidad furtivamente se va pasando de la raya y abarcando cuestiones disputables.

Pero sobre todo, para conocer a Jesús y saborear sus palabras, cada cristiano tiene que ir o volver personalmente a las Sagradas Escrituras, especialmente a los Evangelios, pues, como nos advierte san Jerónimo, ignorar las Escrituras es ignorar a Cristo. Nos dejaremos llevar al mismo tiempo por el Espíritu Santo que nos enseñe todo y nos recuerde todo lo que Jesús ha dicho y nos guíe incluso hasta la verdad plena difícil de tragar. Cargaremos con la dura verdad, admitiendo que algo nos falta siempre, como les falta aun a los favorecidos de grandes revelaciones, a fin de que no tengamos soberbia.

Y una cosa que los humildes notarán al retornar a la fuente primaria que son las Escrituras es que Jesús, al igual que los profetas precursores de él, disintió del dogma y de la praxis del establecimiento religioso, lo que resultó en su rechazo y su crucifixion fuera de las puertas de la ciudad. Esta disensión se conmemora en la Eucaristía. Al acordarnos de que fue un disentidor nuestro Señor, ¿no nos conviene no oprimir ni vejar a disentidores? A los forzados a irse de su casa y vivir en los márgenes de la sociedad no les es imposible poseer la verdad y conservar la verdadera religión y tener una fuerza inquebrantable (XI, 120, 462). Si san Pablo no se hubiera opuesto a san Pedro en su misma cara, ¿qué habría pasado a la Iglesia?