Fifth Sunday of Easter, Year C-2016

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Glory and new life through love

Jesus reveals to us the way of love that leads to glory and the new life.

Judas leaves to carry out fully his betrayal. It is night, which does not mean that the light no longer shines in the darkness.

Divine glory still shines brightly. Jesus speaks of it to his disciples:

Now is the Son of Man glorified, and God is glorified in him. [If God is glorified in him,] God will also glorify him in himself, and he will glorify him at once.

Though deeply troubled, Jesus is not worried about himself. His concern is about God’s glory and about his children, with whom he will be only a little while longer.

Jesus comforts them. He does not want them to be crushed by the sadness that comes with saying goodbye. Neither does he want them to be unfaithful, given especially that if people persecute the Teacher, they will equally persecute the disciples. Paul and Barnabas will be like him, since years later they will encourage the early Christian communities, telling them, “It is necessary for us to undergo many hardships to enter the kingdom of God.”

The Teacher makes clear to his disciples that they cannot remain faithful, nor will people know them as Christians, unless they love one another as he has loved them. This is to say that to be a follower of Jesus is to love to the end, unto death on the cross even.

To love so does not belong to those who stop at beautiful words, at sweet conversations with God in prayer, at lofty godly sentiments. It is proper to those who, well aware of the teaching, “By this my Father glorified, that you bear much fruit and become my disciples,” love God and everyone, as a brother or a sister, with the strength of their arms and the sweat of their brows (SV.FR XI:40).

More than a doctrine that one must memorize, the indispensable love that Jesus prescribes is a new way of life. It is a way of life that is part and parcel not so much of a system of beliefs, as of the “Way,” a simple designation of Christianity in the Acts of the Apostles.

The mutual love that Jesus leaves us as his last will and testament is consummated on the cross, wherein glory paradoxically lies. Just as Jesus, on giving his body up and shedding his blood, gave glory to the Father and received it from the Father—for thus did he accomplish the work the Father had given him—so also do we Christians give glory to Christ and receive it from him to the extent that we persevere in the faith that works through love.

Lord Jesus, make us pass, through love, from the darkness of death to the glory of the new life.


April 24, 2016

5th Sunday of Easter (C)

Acts 14, 21-27; Rev 21, 1-5a; Jn 13, 31-33a. 34-35


VERSIÓN ESPAÑOLA

Gloria y vida nueva por el amor

Jesús nos descubre el camino del amor que conduce a la gloria y la vida nueva.

Sale Judas para realizar plenamente la traición. Es de noche, lo que no quiere decir que la luz ya no brilla en la oscuridad.

Aún resplandece la gloria divina. De ella habla Jesús a sus discípulos:

Ahora es glorificado el Hijo del Hombre y Dios es glorificado en él. (Si Dios es glorificado en él, también Dios lo glorificará en sí mismo: pronto lo glorificará.)

Aunque profundamente angustiado, Jesús no se preocupa de sí mismo. Se preocupa de la gloria de Dios y de sus hijos, con quienes le queda poco de estar.

Los conforta Jesús. No quiere que se abatan por la tristeza que una despedida conlleva. Tampoco quiere que sean infieles, dado especialmente que si al Maestro se le persigue, por igual se les perseguirá a los discípulos. A él se parecerán Pablo y Bernabé, quienes años más tarde animarán a las primeras comunidades cristianas, diciéndoles «que hay que pasar mucho para entrar en el Reino de Dios».

El Maestro asegura que los discípulos no pueden mantenerse fieles, ni a ellos se les reconocerá como suyos, no sea que se amen unos a otros como él los ha amado. Esto es decir que ser seguidor de Jesús es amar hasta el extremo, hasta la muerte de cruz siquiera.

Tal modo de amar no es de los que se detienen en bellas palabras, en dulces coloquios con Dios, o en sublimes sentimientos piadosos. Es propio de los que, bien conscientes de la enseñanza: «La gloria de mi Padre está en que deis mucho fruto, y así series mis discípulos», aman a Dios y a todos como a hermanos y hermanas, a costa de sus brazos y con el sudor de su frente (SV.ES XI:733).

Más que una doctrina que hay que memorizar, el amor imprescindible que prescribe Jesús es un modo de vida nuevo. Es un modo de vivir que forma parte, no tanto de un sistema de creencias, cuanto del «Camino», que en los Hechos de los Apóstoles sirve de designación sencilla del cristianismo.

El amor mutuo que Jesús nos deja como su última voluntad, su testamento, se consuma en la cruz, en la que está de manera paradójica la gloria. Así como Jesús , al entregar su cuerpo y derramar su sangre, dio gloria al Padre y la recibió del Padre, —pues, coronó de este modo la obra que le había encargado el Padre—, así también los cristianos damos gloria a Cristo y la recibimos de él en la medida en que perseveramos en la fe que obra por el amor.

Señor Jesús, haznos pasar, mediante el amor, de las tinieblas de la muerte a la gloria de la vida nueva.


24 de abril de 2016

5º Domingo de Pascua (C)

Hech 14, 21-27; Apoc 21, 1-5a; Jn 13, 31-33a. 34-35