Epiphany of the Lord, Year C-2016

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Seek earnestly the light of the nations

God reveals himself to the Gentiles who seek him with all their heart. He offers them the opportunity to be “coheirs, members of the same body, and copartners in the promise in Christ Jesus through the Gospel.”

The Magi, wise for knowing how to recognize humbly that they do not know everything, inquire about the newborn King. They seek to worship him.

Because they come from the east without knowing exactly where to go, one can imagine the great efforts required of these pilgrims. Not only is the way long, traversing “fields and fountains, moors and mountains”; it is not known either what awaits them in the unfamiliar destiny.

Their efforts are not in vain; the Lord grants them the grace to meet him and pay him homage. Thus does God lift up and fill with good things those who, thirsty and hungry for justice, humbly and sincerely seek him with all their heart.

Those who are his own, in contrast, are sent away empty by the Lord because they react as though they are rich and secure without him, because of their duplicity and indifference. Herod expresses his desire to worship Jesus, yet he really seeks to kill him. Those absorbed in their worship and study seek to know exhaustively about the Messiah, to whom the law and the prophets give witness. But they do not do anything to know him.

If so are the rulers, then what about the ruled citizens of the capital? We are told that, with Herod, all Jerusalem is troubled. And there is no mention of anyone of them joining the foreigners. Is it enough for them to have the House of God, which can never be exchanged for just any house?

And is it enough for us worshipers of Jesus to have our sanctuaries? Do we, as intimate disciples of the one who reveals God whom no one has ever seen, know Jesus up close really? Do we not keep looking for true royalty in the palaces of the great ones, and not in the houses of the little ones, denying thus the Epiphany of—to quote St. Vincent de Paul (SV.FR VI:150)— “the Savior of the world as someone reduced to nothing, under the form of a child?”

Do we focus on Jesus during our Eucharistic celebrations so that our hearts burn within us and our eyes get opened to recognize the one who offers himself as our food? Our rituals will remain suspect unless we find palpable the real presence of Jesus, not only in the Eucharistic species, but also in the disfigurement, grossness and earthiness of so many of our ignored brothers and sisters (SV.FR XI:32).

Lord, grant that we gift the poor with what we are and have, so that our gloom become like midday.


January 3, 2016

Epiphany of the Lord (C)

Is 60, 1-6; Eph 3, 2a. 5-6; Mt 2, 1-12


VERSIÓN ESPAÑOLA

Buscar en serio la luz de las naciones

Dios se manifiesta a los gentiles que lo buscan de todo corazón. Les ofrece la oportunidad de ser «coherederos, miembros del mismo cuerpo y partícipes de la promesa en Jesucristo por el Evangelio».

Los Magos, sabios por saber reconocer con humildad que no se lo saben todo, preguntan del Rey que ha nacido. Buscan adorarlo.

Porque vienen de Oriente, sin saber exactamente adónde ir, se puede imaginar los grandes esfuerzos requeridos de estos peregrinos. No solo es largo el camino, atravesando campos y ríos, páramos y montañas; tampoco se sabe qué les espera en el destino desconocido.

Sus esfuerzos no resultan en vano; el Señor les concede la gracia de encontrarse con él y postrarse en acatamiento de él. Así enaltece Dios y colma de bendiciones a los que, sedientos y hambrientos de justicia, humilde y sinceramente le buscan de todo corazón.

A los suyos, en cambio, los despide vacíos el Señor por reaccionar ellos como si fueran ricos y seguros sin él, por su doblez y su indiferencia. Expresa Herodes su deseo de adorar a Jesús, pero en realidad busca matarlo. Los absortos en sus cultos y estudios buscan saber de manera exhaustiva del Mesías, de quien dan testimonio la ley y los profetas. Pero no hacen nada para conocerle.

Si así son los dirigentes, ¿qué será de los dirigidos capitalinos? Se nos cuenta que todo Jerusalén se sobresalta con Herodes. Y nada se menciona sobre si se une uno de ellos a los forasteros. ¿Les basta a todos con tener la Casa de Dios, la que jamás se puede cambiar por casa cualquiera?

Y, ¿nos basta a los adoradores de Jesús con tener nuestros santuarios ? ¿Conocemos a Jesús de cerca realmente, convertidos en íntimos discípulos del que da a conocer a Dios a quien nadie jamás ha visto? ¿No seguimos buscando la realeza verdadera en los palacios de los grandes, y no en las casas de los pequeños, desmintiendo así la Epifanía del —por citar a san Vicente de Paúl (SV.ES VI:144)— «Salvador del mundo como anonadado bajo la foma de un niño»?

¿Nos centramos en Jesús durante nuestras celebraciones eucarísticas de modo que ardan nuestros corazones y se nos abran los ojos para reconocer al que se ofrece como nuestro alimento? Sospechosas resultarán nuestros rituales no sea que hallemos palpable la presencia real de Jesús, no solo en las especies eucarísticas, sino también en las desfiguraciones, vulgaridades, groserías de tantos hermanos y hermanas ignorados (SV.ES XI:725).

Señor, concédenos regalar a los pobres nuestro ser y poseer, para que nuestra oscuridad se vuelva mediodía.


3 de enero de 2016

Epifanía del Señor (C)

Is 60, 1-6; Ef 3, 2-3a. 5-6; Mt 2, 1-12