Eleventh Sunday in Ordinary Time, Year B-2015

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We are always confident (2 Cor 5, 6)

Jesus wants his little flock to trust always in the Lord.

We humans are easily impressed by outward appearance: lofty stature, imposing looks, lavish clothing, magnificent palaces or sanctuaries, enviable seats, important positions. They seem reliable to us.

God, however, sees more than meets the eyes. He entrusts tasks to those who are insignificant in the eyes of human beings. He lifts up the lowly and humbles the great, letting the unbearable crumble under their own weight.

By behaving so, God gives reason to the disadvantaged to proclaim him great and powerful and to praise him for his mercy and generosity. Not only does he affirm that his thoughts are not our thoughts and his ways are not our ways; he likewise makes known that divine perfection is fully revealed in human imperfection.

We who are imperfect can never boast before the Lord. But yes, we can boast in him, basically for the dignity he has conferred on us by creating us, male and female, in his image and by adopting us besides as sons and daughters.

This dignity is given to us by God and he alone can take it away. It is not ours because of our abundance of goods, spiritual or material. Otherwise, Jesus would not proclaim the beatitudes, nor would he eat with tax collectors and sinners, nor would he cure the sick.

What counts, then, is God’s grace, not our merits. He looks with favor on our lowliness and wants us to bear truly his image and inscription, and cry out confidently, “Abba, Father!” And if indeed we acknowledge that everything is due to divine mercy, and not to human effort that, according to St. Vincent de Paul, cannot do anything except spoil everything (SV.FR XI:343), then we will always trust in the Lord and will persevere in prayer.

Our trust and our perseverance will prompt us to see to it that our conduct lead others to invoke the name of our heavenly Father, that we sow acts of justice and mercy, though small, that will be part of the great and welcoming Kingdom, and that, with our fidelity, we do God’s will on earth and thus have a foretaste here of heaven. By sharing our bread with the needy, forgiving one another, helping others overcome obstacles and be delivered from evil, we will reflect God and we will be true brothers and sisters of the one who offers his flesh as food and his blood as drink.

Lord, we trust in you. May the little we contribute be part of the unstoppable realization of your kingdom.


VERSIÓN ESPAÑOLA

11º Domingo de Tiempo Ordinario B-2015

Siempre tenemos confianza (2 Cor 5, 6)

Jesús quiere que su pequeño rebanõ confíe siempre en Dios.

Los hombres fácilmente nos dejamos impresionar por las apariencias: la alta estatura, el aspecto imponente, los vestidos lujosos, palacios o santuarios magníficos, asientos envidiables, puestos importantes. Son de fiar, a nuestro parecer.

Dios, en cambio, ve más de lo que parece. Confía tareas a los insignificantes a los ojos humanos. Enaltece a los tenidos en menos y humilla a los grandes, dejando que éstos, por pesados, se desplomen.

Comportándose así, Dios da motivo para que los desvalidos lo proclamen grande y poderoso y le alaben por su misericordia y generosidad. No solo afirma que sus planes y sus caminos no son ni nuestros planes ni nuestros caminos; da a conocer asimismo que la perfección divina más plena se manifiesta en la imperfección humana.

Los imperfectos no podemos gloriarnos jamás ante el Señor. Pero sí, podemos gloriarnos en él, fundamentalmente, por la dignidad que nos ha conferido, creándonos, varon y hembra, a su imagen, y adoptándonos además como hijas e hijos.

Esta dignidad nos la ha dado Dios y solo él la puede quitar. No nos pertenece por nuestra abundancia de bienes, espirituales o materiales. De lo contrario, no proclamaría Jesús las bienaventuranzas, ni comería con los publicanos y pecadores, ni sanaría a los enfermos.

Lo que figura, pues, es la gracia de Dios, no nuestros méritos. Él se fija en nuestra humillación y desea que, por Cristo, con él y en él, llevemos de verdad su imagen y su inscripción, y clamemos confiadamente: «¡Abba! ¡Padre!». Y si realmente reconocemos que todo se debe a la misericordia divina, y no al esfuerzo humano que «lo único que puede hacer es estropearlo todo», según san Vicente de Paúl (SV.ES X:236), entonces siempre tendremos confianza en el Señor y permaneceremos constantes en la oración.

Nuestra confianza y nuestra constancia nos impulsarán a procurar que nuestra conducta lleve a que otros invoquen el nombre de nuestro Padre celestial, que sembremos gestos de justicia y misericordia, aun pequeños, que formen parte del Reino grande y acogedor, y que, con nuestra fidelidad al Evangelio, hagamos en la tierra la voluntad de Dios y así anticipemos aquí el cielo. Compartiendo nuestro pan con los necesitados, perdonándonos unos a otros, ayudando a otros a superar obstáculos y a librarse del mal, reflejaremos a Dios y seremos verdaderos hermanos del que ofrece su carne como comida y su sangre como bebida.

Señor, en tí confiamos. Haz que lo poco que aportamos forme parte de la realización imparable de tu reino.